EL PRÓXIMO día 31 es la fiesta de S. Ignacio de Loyola, el fundador de los Jesuitas, la Compañía de Jesús. Fue un gentilhombre español, nacido en 1491. Su juventud la manifestó como caballero apuesto, aficionado a los banquetes, a la esgrima, a los duelos por el menor motivo, muy mundano, valiente e incluso ambicioso de gloria y honores. Herido en la pierna derecha durante el sitio de Pamplona contra los franceses, sufrirá numerosas operaciones con fines estéticos para evitar que se le notara la cojera.
Ya en su castillo, hastiado por la inactividad de la convalecencia, pide novelas para leer. La biblioteca no tiene nada más que vidas de santos y el Evangelio. A falta de otros libros, no le queda otro remedio que leer esto, lo que le hace descubrir proezas que hasta entonces ignoraba: pruebas de caridad, de humildad, de penitencia; llega a la conclusión de que es necesario el valor para todo esto como para batirse en España; e incluso más. Él, que era el primero en la guerra, quiere ser también, y sobre todo, el primero en la lucha de santidad. "Si hiciera yo también lo mismo que S. Francisco en Asís" (y lo mismo hubiera dicho de lo que hizo Juan de Dios en Granada).
Comenzó su lucha contra el pecado en el santuario de Nuestra Señora de Montserrat. Y todo lo que hizo lo consigna en la compilación "Las grandes maniobras del cristiano": los ejercicios espirituales para la conquista del mundo para Dios. Y aquí están los frutos hasta nuestros días.
La Orden que creó S. Ignacio de Loyola es una de las instituciones fundamentales de la Iglesia católica desde la Contrarreforma. La Compañía de Jesús nace en el seno del movimiento antiluterano que se plasmó en el Concilio de Trento. San Ignacio se dio cuenta de la necesidad de dotar a la Iglesia de un instrumento fuerte, disciplinado e intelectualmente poderoso con el que hacer frente a la expansión del protestantismo. De ahí el sentido militante que le imprimió, visible incluso en la adopción de términos militares: "compañía", "general" (para designar a su superior)... Dentro de esta concepción se inscribió el voto especial de obediencia al Papa.
Es algo muy admirable poder contemplar cómo, desde los primeros días de su fundación, cuando un Ignacio incansable y febril articulaba con toda sagacidad y fuerza la Compañía a través de las célebres Constituciones, la Orden comenzó a cumplir un papel clave en la Iglesia católica, que no haría sino aumentar con el paso del tiempo. Es entonces cuando la Compañía se convierte rápidamente en un poder propio dentro de la Iglesia, y su influjo se extendió por casi todos los puntos del planeta, conforme a la vocación universalista que le asignó su fundador. En este campo se distinguió, como ninguno, el navarro Francisco Javier, en saber llevar heroicamente la presencia de la Compañía hasta el Extremo Oriente.
Hasta después del Concilio Vaticano II, esta Orden, con miles de miembros de todas las nacionalidades, ha estado rigiendo cerca de doscientas universidades y otros tantos centros de enseñanza secundaria esparcidos por el mundo, con un millón y medio de alumnos, como también ha abierto numerosos centros sociales. En todo se resalta históricamente que el rigor intelectual de la Compañía ha sido parte esencial de esa ascendencia. Por eso son preclaros los nombres que el jesuitismo ha aportado a la teología, a la ciencia y a las humanidades. Pero, como todo poder, el de los jesuitas ha sido impugnado y puesto en tela de juicio. Las expulsiones del siglo XVIII que se registraron en varios países europeos constituyen uno de los episodios cruciales de las campañas antijesuíticas, que llegan hasta el siglo pasado. Es inevitable que las luces y sombras alternen en la historia de una institución tan compleja, pero las primeras dominan indudablemente sobre las segundas.
La santidad, el heroísmo y el martirio han coronado muchas veces una trayectoria ejemplar. Aquí no conviene olvidar, entre otras situaciones históricas, que la apuesta de los Jesuitas por los desheredados de este mundo se ha traducido desde 1973 en el asesinato de treinta y tres de sus miembros, como la trágica muerte del padre Ignacio Ellacuría y cinco jesuitas más en El Salvador, que conmovió a la opinión nacional e internacional.
La Compañía de Jesús continúa siendo una institución esencial de la Iglesia católica. El españolismo universal de Ignacio de Loyola -un genio del pensamiento, según ha reconocido la crítica moderna laica- lo llevó a crear una Orden que lleva más de cuatro siglos y medio estando al servicio de Aquel, Dios, que todo lo origina y lo crea continuamente.
* Capellán de la clínica S. Juan de Dios
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